Jordi contreraS

Evoco contextoS

Wild West Show

La despedida del sol encarna el horizonte. Sobre el polvo de la única calle se recortan dos sombras grandes y alargadas; mas los rostros que las proyectan aprietan mandíbulas intentando asimilar la situación.

Los dedos se tensan, se entrecierran los ojos y una suave brisa de atardecer refresca el sudor perlado. Apenas se cruza el pestañeo de pensar qué demonios hacen ahí; pero destierran la idea… saben que la primera causa de muerte son las dudas… y ya no hay vuelta atrás.

En el brillo metálico de largos capós se reflejan camisas blancas de líneas finas, grandes gafas de sol y pantalones de vestir que se agolpan a uno y otro lado de la calle, observando algo de lo que habían leído pero jamás habían llegado a ver.

Allá en medio, a eones del resto, siguen observándose uno frente al otro sin saber hasta qué punto el estar allí es cosa suya o actúan empujados por un mundo que ansía ver algo que por otro lado condena enérgicamente.

Hacía años que no se plantaban ante la muerte; tantos que parecía ser cosa de otra vida. Sin embargo ahí estaban, a pesar de que ya nada era como antes; de que ya no había rastro de caballos ni de indios, ni de la barrera colosal y despiadada de un desierto, traspasado el cual nada volvía a ser lo mismo.

Todos los presentes esperan ver el último de los poblados del salvaje oeste, un pequeño reducto en medio de la nada. Pero nadie parece ser plenamente consciente de lo que supone que aquello que va a tener lugar, aquello por lo que han pagado generosamente, acabe con un cadáver.

Entonces, con los revólveres latiendo en el cinto, los rostros, ahora si, se alinean con las sombras colosales. Los ojos se entrecierran de nuevo y acogen la certeza mortecina, durante años desterrada, que se extiende hasta clavar un silencio sepulcral en todos y cada uno de los presentes.

Solo entonces empiezan a asimilar lo que está a punto de ocurrir. Y algunos comienzan a titubear, a sentirse incómodos y a adivinar el hedor de la muerte a pesar de no haberlo sentido jamás. Mas solo uno parece entender realmente lo que ocurre; solo uno parece leer aquellos dos pares de ojos que se miran fijamente; solo él vislumbra cierto guiño… el único que se tira al suelo cuando las manos tensas recorren, frías y mecánicas, el viejo camino hacia la muerte.

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