Jordi contreraS

Evoco contextoS

El vigía

Llevaba días en aquella minúscula torre; curtiéndose, decía el capitán: nunca mejor dicho a juzgar por el viento seco y el sol implacable.

Abandonaba su puesto solo para comer y dormir. Aunque a veces conseguía escaparse para echar una mano a las cartas; siempre y cuando no hubiera ningún oficial cerca.

Las horas pasaban como años y todo cuanto tenía delante era polvo amarillo más allá de la empalizada.

En aquella temporada, lo más entretenido que podía verse era algún bichejo inmundo que parece de otro planeta, acostumbrado como está al medio.

Unas veces echaba el rato imaginándose un poco más al norte, fuera del aquel desierto, con un porche y un vaso bien lleno de algo condenadamente frío. Otras, pensaba en alguna visita: algún buhonero con estupideces que todos querían ver, alguna patrulla perdida o un carro con mujeres.

Pero siempre volvía al mismo paisaje: ese lago polvoriento entre rocas y aristas, inerte, repetitivo y endemoniadamente caluroso.

Recordaba cuando le dijeron que cada cierto tiempo las tribus se alzaban en guerra y emprendían ataques a las casas de los colonos y las fortificaciones. Pero eso debió ser hace mucho tiempo, porque nada ya quedaba de eso.

Y se preguntó cómo empezaría, qué signos habría para detectar un ataque así. Porque, a decir verdad, allí no había ni árboles ni arbustos, aparte de 4 plantas ralas, ni aves que alzaran el vuelo. Pensó que quizás se verían las figuras en el horizonte, pero las ondonadas devoraban cualquier visibilidad al detalle.

Quizás aquellos puntos negros que se dibujaban a lo lejos, podrían ser cabezas de indios tumbados; aquellas motas negras en la lejania, insignificantes; y solo serían los avanzados, tras ellos estaría el grueso de los bravos, porque esos ataques tan espaciados no son meros asaltos, sino que unen a muchos guerreros letales en un mar tras el cual no quedaba nada… o al menos eso contaban.

Y en esas estaba cuando las motas negras desaparecieron y, algo incrédulo, decidió hacer caso a sus ensoñaciones y permaneció alerta. El primer rumor llegó lejano, apenas audible, pero lo suficientemente presente como para adivinar la premura, la fuerza y la magnitud de lo que se venía encima. Apenas pudo reaccionar al ver el lago amarillento llenándose de enemigos feroces, acercándose a galope tendido.

Dio la voz de alarma y su instinto lo agachó justo antes de que la primera flecha se clavara justo detrás del espacio que ocupaba. Entonces tragó saliva y cierto temor encostrado, palanqueó el rifle y al asomarse vio lo que tantas veces habia escuchado, aguzado por el filo cortante de la realidad. Así que no se paró a pensar posibilidades o si sobreviviría o no; se limitó a fijar un blanco y a defender, a toda costa, el fuerte.

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