Jordi contreraS

Evoco contextoS

Anderson Gutdric

La noche templa algo el infierno que enciende el sol cada día. El viento fresco corre libre por el paisaje oscuro y llano.

El hombre de la chistera camina hasta el techado que hay junto a las caballerizas. En bancos, alrededor de una mesa de madera, comen y beben un grupo de viajeros.

-Buenas noches, damas y caballeros, espero que no les moleste mi presencia, que tengan tan solo un mísero bocado para este pobre trotamundos y que no hay ningún Gutdric en este lugar. 

 Los viajeros observan con curiosidad y cautela, mas el hombre no asusta y a juzgar por su mirada, agradecería con gusto algo que llevarse a la boca.  El hombre de la chistera se acoge a la duda y con una sincera sonrisa reanudó su charla.

-¿Quieren que les cuente la historia de Anderson Gutdric? No hay muchos como él y yo estaría encantado. Así que si me permiten…

Se arremanga, pone la silla del revés, se sienta apoyando los brazos en el respaldo y coloca la chistera en la mesa boca arriba. Acerca su rostro al medio, extiende las manos y comienza la historia.

-Pues verán, Anderson nació una noche sin luna ni estrellas. Una noche oscura como el alma de los canallas que caminaban hacia su padre a escasos metros de su casa. Cuentan que los gritos de Anderson al llegar a este mundo se unieron a los de su padre al abandonarlo. Cuentan que eso es así porque esta tierra no hubiera aguantado a ambos a la vez. Dicen que cuando un Gutdric camina, tiembla el suelo bajo sus pies. Su madre, Rose se llamaba, tenía los nervios pulidos y las entrañas de acero; sacó adelante a su hijo pese a las riquezas que su padre repartió entre más de un saloon, negocios arriesgados y los bolsillos de los tipos que acabaron con su vida y tomaron el metal para aligerarle peso en su partida.

Se quedó, pues, Anderson en este mundo a la defensiva: esquivando canallas, buscándose la vida manteniendo el porte y salvaguardando las espaldas de su madre. Guerrearon como pudieron y ahorraron lo suficiente para ir a buscar oro y encontraron que el verdadero filón estaba en los mineros; así que montaron una casa de huéspedes donde dar de comer y dormir. Y ganaron los suyo, dedicándose solo a sus asuntos y evitando las disputas y los huéspedes problemáticos. Decía Rose que un tipo desagradable, por muy rico que fuera, siempre salía caro; y lo cierto es que la casa de Rose fue conocida en los alrededores como un buen sitio donde hallar paz en medio de la vorágine y la cueldad de quienes mezclan en su día a día fango y oro a partes desiguales.

Para un momento hasta que brotan las miradas expectantes y los oídos hambrientos de más, así que se pone un vaso de la botella que hay sobre la mesa y rebaña con un buen trozo de pan el contenido de uno de los cuencos. Y mastica, como si no hubiera mañana, sorbiendo los jugos que quieren escapar, mientras con la mano libre abierta, expulsa la réplica del dueño original.

-Todo iba bien, como digo, comían, bebían y vivían perfectamente en la Casa de Rose, hasta compartían su comida, si sabían de alguno que la fortuna le había pegado una patada en el culo. 

Echa una mirada fugaz, de sincero agradecimiento, al viajero que, desarmado, cede su cuenco al rapsoda, que asiente y acoge la ofrenda.

-Todo lo bien que fue hasta que la buena de Rose abandonó el mundo y se quedó Anderson para sostener los cimientos. Fue entonces cuando descubrió dos cosas: lo fácil que es ganar dinero cuando alguien necesita algo a cambio y lo poco que importa el qué.

Y allí marchó el joven Gutdric con sus enseñanzas, e hizo el comer un lujo en la Casa de Rose. Y en poco tiempo acabó con los bolsillos llenos y el negocio muerto, asesinado por otro establecimiento de precios más comedidos y trato más comprensivo. Y Anderson sonrió, porque el sueño de su madre descansó con ella y ahora comenzaba el suyo.

No tardó en ir al siguiente pueblo minero con un puñado de palas y picos a precios desorbitados y cribó el oro entre las quejas, antojándosele más vivo y brillante que el otro. Pronto apareció alguien con otra visión de negocio, así que cerró y marchó.

Y siguió yendo de aquí para allá, con increíble olfato para lo que hacía falta y un mítico estómago para desentenderse de las circunstancias. Pronto creció y con él su riqueza. Contra todo pronóstico el mundo no se acababa y siempre había otro sitio por explorar, otra mina para ser explotada. 

Da unos cuantos bocados rápidos y suculentos, echa un buen trago para limpiar la garganta y el gorgoteo del líquido rellenando acompaña a la continuación de su habla.

-Solo tenía una norma: sin ataduras, siempre en movimiento, escogiendo lo bueno del filón, dejando el trabajo duro para el siguiente. Pero ganaron los años y a Anderson Gutdric le dio por asentarse. Así que montó un rancho justo en el punto donde acaba la nada y comienza la civilización y dejó que creciera una pequeña ciudad de frontera, como primer oasis, y se promete firmemente dejarla estar, y se repite día y noche que tiene bastante con lo que tiene y que su vida es buena y abundante. 

Apura el contenido de la jarra, lleva un nuevo trozo de pan a la boca, se levanta, devuelve la chistera a su cabeza y se dispone a marchar.

-Se hace tarde ya, y hasta aquí todo lo que sé. No rasquen sus bolsillos, me doy por pagado con el buen yantar, por otras sí que acepto algún donativo pero no con esta, con esta prefiero que no haya dinero de por medio. Así que hasta aquí las andanzas de Anderson Gutdric. Pero todo aquel que conoce a aquel que nació en una noche sin luna ni estrellas, sabe que un Gutdric no sabe estar quieto y que cuando un Gutdric camina tiembla siempre el suelo que pisa.

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