Jordi contreraS

Evoco contextoS

Un alto en el camino

Hablaba con voz firme y la mirada confiada de quien se siente capaz. Repetía las historias, amartillando el tono y la pausa para afianzar el relato. Unos cuantos le rodeaban esperando el desenlace. Y el tipo clamaba a los cuatro vientos mientras empuñaba otra copa invitada, apurando el contenido con una sed que no parecía saciarse.

Entonces se giró y lo vio. Ajeno a todo: individuo joven con chistera, algo desgarbado, en una de las mesas tomando en calma el trago que había pedido junto a algo de comer.

El pistolero se yergue y camina hacia él, marcando los pasos aguzados por el tintineo de las espuelas.

El joven de la chistera lo ve, pero apenas echa un leve vistazo y vuelve a lo suyo, lo importante: algun punto perdido entre las vigas del saloon.

El pistolero se sorprende; no está acostumbrado a que se le ignore.

—¡No he oído de dónde vienes, forastero! —mastica cada palabra como si tuviera ya el cuello del tipo entre los dientes.

—No me he presentado, venía solo a descansar y tomar algo. 

—Cualquier hombre, bien educado, saludaría al entrar en un sitio nuevo.

—Ah… Buenos días.

—Muy bien, buen chico. ¿Y tu nombre es?

—Tengo varios; puede llamarme Arthur.

—Eso está mucho mejor. Hola Arthur, te informo de que soy…

—No se preocupe, no es necesario que se presente. Si ya está contento puede volver a lo suyo. Su gente le espera.

El pistolero tensa la cara, desamartilla el alma y se vuelve hacia los otros, para regresar de nuevo al forastero.

—Te crees muy listo, amigo.

—No.

—Me he cruzado con algunos como tú. Listillos que se piensan que pueden hacer lo que les da la gana hasta que encuentran alguien que los para.

—No.

—No, ¿qué?

—Que no es cierto. Ya me han parado unas cuantas veces. Y he visto cómo paraban a su vez a esos mismos las suficientes veces como para saber que tiene el mismo sentido respetar a otro que no hacerlo… Sencillamente, prefiero ser amable.

—La única ventaja de ser amable, amigo, es que alguien velará tu tumba…

—Bien está.

—Pero no se puede hablar como tú lo haces y pensar que vas a salir como si nada. 

—Le repito que yo solo he entrado a descansar, no pretendía interrumpir su charla.

—Apuesto a que serías incapaz de defender esa palabrería que desenfundas con tanta soltura.

—No voy armado —muestra su chaqueta y la ausencia de armas.

—Era de esperar.

—Ya he disparado alguna que otra vez y resulta que siempre sale mal. Si pierdes, en el mejor de los casos te llevas un balazo; en el peor lo pierdes todo.  Pero si ganas, amigo, te llevas un muerto. Y no solo eso, sino todo lo que de él recuerdes y, lo que viene a ser peor, cómo acabaste con él. A día de hoy no recuerdo un pistolero superviviente que no tenga unas cuantas muertes deshonrosas a la espalda. Esas son las que más pesan, las que duelen, las que velan mientras duermes; las que a menudo se expulsan con la esperanza de que se mantengan en el olvido. Pero no me haga caso. A fin de cuentas ¿quién soy yo?, sino un pobre diablo que solo pasaba para descansar. Así que si me permite…

—Y coge la chistera y se levanta pasando con las manos en alto junto al pistolero, salundando, sin osar bajar las manos, al grupo de parroquianos y haciendo una seña al barman indicando que se deja a deber lo de la mesa con plácida sonrisa y rostro cordial.

Y no hubo disparos, solo caras de incredulidad. Os lo juro como alguien que estuvo bien cerca aquel día.

El hombre se lleva la mano al ala de la chistera e inclina el rostro con un elegante “Caballeros” hacia el par de tipos que miraban aún boquiabiertos mientras atravesaba el umbral de la puerta.

—¿Puedes decirme a qué demonios venía esto?

—Pues no, la verdad, pero el maldito se ha jamado todo lo que teníamos en la mesa…

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