Las tramas, los temas, las guerras, las paces… funcionan mejor cuando tienen una historia y personajes currados detrás. Si reducimos una partida hasta su mínima expresión, despojando todo hasta llegar al hueso, lo que nos queda delante apenas ocupa tres o cuatro grupos: partidas de investigar, de matar, de explorar, de tipo social y alguna que otra más que no quiero pensar. Pero dependiendo de lo que coloquemos sobre el esqueleto (la chicha, vaya), la partida será lo de siempre o algo que seguiremos recordando tiempo después. Y es que son los detalles, los nombres, las peculiaridades de cada pnj, lo que diferencia una persecución, combate, investigación o exploración del montón, de una buena experiencia de juego…
Si lo sacamos a mesa así: una persecución, un combate, una investigación o exploración, puede que interese, pero, no nos engañemos, la cosa queda sosa. Sin embargo, si cogemos algo de ese vim creativo y vamos dándole forma sobre esos cuatro palos, entonces toma cuerpo, color, y calor y olor.
Así, en lugar de jugar una persecución tipo (que sabe a algo en serie, como churros industriales), nos situamos junto a aquel pobre diablo que recogimos del mercado de esclavos de cierto planeta de mala muerte, agarrado al cañón láser como si no hubiera mañana porque sabe que como lo pillen se le acaba la juerga; mientras apuramos la energía que queda para llevar a tiempo las cuatro estatuillas sagradas de cierto pueblo que, pese a no ser sagradas ni mágicas ni nada, son la única manera de sacar con vida al compañero que se quedó en prenda.
En vez de “matar bichos”, nos lo jugamos todo para hacer frente a la terrible bestia escamosa que tiene aterrorizado a un exiguo y sombrío pueblo, antaño gloria y pundonor del lugar. Sabiendo que vamos, pero ni de coña si volveremos; descubriendo el motivo del hambre primigenia que ha convertido a aquella bestia en progenitor voraz e insaciable… es decisión nuestra, mientras nos mantenemos, firmes las armas y erizado el pelaje, si pinchar hasta llegar al hueso o encontrar otra manera de arreglarlo.
En vez de “una investigación”: tras perder a un contacto valioso en el complejo chiringuítico de un camping veraniego, nos adentramos en un grotesco mundo de cámaras frigoríficas, frigopies de fresa y otros igual de rosa, pero más realistas, en una búsqueda a lo “El secreto de la pirámide” donde en lugar de Imhotep, el adorado es Don Apis, un demonio de Haagenti enamorado del paté que se ha montado un meganegocio de desaparición de cuerpos, aprovechando los restos para confeccionar productos gourmet.
En lugar de “un viaje”, encerramos en una diligencia a un tahur con aires de gentleman, un doctor sumergido en whisky, un banquero amigo del dinero, una prostituta expulsada de su pueblo, una dama sureña y encinta, un marchante de alcohol y un fuera de la ley tosco y capaz, con la amenaza de cierta tribu de indios cada vez más cerca… Esta ya se hizo y quedó para quitarse el sombrero.
O, por ejemplo, en vez de “una exploración”; vemos cómo nuestro vehículo se estrelló en medio de la nada, hostil y fértil, de una jungla más cerrada que la tráquea de una planta carnívora. Separados del convoy general, se encuentran: un cámara, un presentador, una bióloga, el hijo de un productor y un becario al que habían prometido una experiencia inolvidable, con el único y sano objetivo de volver a casa.
Y así, las cosas, con su chicha y su limoná, ganan enteros y nos dejan esa media sonrisa en los labios de cuando lo que pasa nos va. Porque, tal y como dijo el bueno de Lidenbrock: al final, todo es cuestión de Profundidad.
Buena partida, evocador, y fértiles detalles.