Jordi contreraS

Evoco contextoS

Nudos

—¿Eh, sheriff!!, ¿estas ahí? 

—Joder… —resopló para sus adentros.

Cerró el cajón, posó un segundo la cabeza entre las manos y alzó la vista hasta fijarla en la insignia que colgaba del mueble lleno de carteles y papeleo, de cuentas y nombres que no volverán a sonar. Pero de eso hacía mucho y se sentía viejo; jodidamente viejo. Él siempre era el mismo y ellos cambiaban.

—¡Vamos sheriff! ¡Anderson te envía recuerdos!, ¡y no me dejará volver hasta que hable contigo!

Se incorporó. Le dolía la pierna, la espalda, los riñones y hasta la jodida cara al respirar. Renqueaba más que la vieja silla desencolada sobre la que se sentaba. Y sin embargo, seguía firme como el metal deslucido de la insignia que, entre sombras, aún guardaba cierto destello de brillo vivo.

—¡Sheriff! ¡Tengo todo el tiempo del mundo!

Carraspeó un par de veces y arrancó un sí bemol a la escupidera. Cogió la insignia y la notó inusualmente fría en el pecho; un presagio oscuro atravesó su mente; tuvo que dejarlo pasar y darle una buena patada para mandarlo al infierno.

Amagó el quejido. Uno, dos, tres pasos; todo entró en calor y los males se esfumaron víctimas de su propia inutilidad. Se abrochó el cinto, enfundó el revólver y cogió el winchester del armario. Sintió la tensión del apretar de mandíbulas, hacía tiempo que dejó de evitarla; le ayudaba a saber que seguía vivo. Amartilló el oxígeno, abrió la puerta y fue directo hacia el tipo de sonrisa afilada que le esperaba en la calle.

—Está bien, habla de una vez. La gente decente quiere descansar.

—¡Vaya! ¡Ya era hora de verle la cara! Venimos solo para hablar de negocios.

Tres hienas asomaron de entre las sombras. Rostros burlones de valentía compartida.

Siempre igual, sintiendo la proximidad del balazo, con la maldita coincidencia de que la vez presente podía ser la última.

Por el rabillo del ojo ve a la gente agrupada, con el susurro de voces diciendo lo que ya ha escuchado otras veces: que es comprensible, que es una batalla perdida y que, en esas circunstancias, es normal acogerse a razones…

—Seré breve, sheriff. Esta conversación la he tenido más veces, y cuando termina en balas soy el único que acaba perdiendo el tiempo.

—Empieza a hablar entonces. —Ya no quedaba ni rastro de dolores o incertidumbre, solo calma y distancia.

El tipo chasqueó la lengua antes de continuar.

—Al señor Anderson le gusta tanto el orden como a usted, toda la gente de aquí lo sabe; y no tienen ningún problema con él. Usted lleva años de sheriff, así que no debe hacer tan mal su trabajo; piense ahora en hacerlo con ayuda. No me negará que debe ser muy distinto. Podría ir tranquilo buscando al enemigo solo al frente; ¿se imagina? Vamos, sheriff, ¿qué me dice?

Se quedó mirando a aquel tipo. Joven, como tantos otros; seguro, como tantos otros; apoyado por los suyos y los otros. Como tantos otros de los que él es el único que queda.

—Dígale a su jefe que no pienso acordar nada, porque cuando el señor Anderson tenga a mal a alguien, del pueblo o forastero, quiero poder negarme a mirar a otro lado. Y porque me gustan las cosas claras, nada de chismes. Seguiré aquí como siempre, salvo que alguien me quite de en medio.

—Por supuesto, sheriff, como usted quiera. Es solo cuestión de tiempo que cambie de opinión. Le recomiendo que vuelva a su edificio y esta noche eche un buen sueño; no hay nada como descansar…

Dieron media vuelta y sus siluetas recortaron el horizonte. Tras ellos: algo de paz y algo de guerra. Él se dirigió al saloon y pasó un par de horas con los lugareños.

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