Jordi contreraS

Evoco contextoS

Madera, metal y tinta.

Escribo a mano. Guardo en papel las pepitas de oro que encuentro al leer, garabateo ideas y construyo texto.

Tengo una letra muy personal que el resto del mundo considera mala y dos estilográficas: la primera la llevo en un cuaderno de viaje, es un regalo de mi mujer y escribe hasta debajo del agua. La segunda, la de la imagen de esta entrada, me la regalé hace unos 6 o 7 años, habiendo ahorrado con eternidad y alevosía, con el pacto interno de seguir escribiendo.

Siempre que escribo a mano intento  bajar el ritmo y dar su tiempo a cada palabra de forma que quede inmerso en el proceso. A veces, cuando las prisas aprietan, salen amasijos rayados y patas de araña que me toca descifrar hasta a mí.

Escribo con tinta porque el camino mente-mano es más directo que el de la pantalla. Lo hago porque en papel todo vale, nada se borra (a lo sumo se tacha) y es fácil regresar a cualquier concepto anterior. Pero, sobretodo, lo hago porque me encanta la sensación y me recuerda que aún queda otra forma de plasmar el pensamiento.

Como soporte suelo usar una libreta cuando leo, el cuaderno de viaje y, para las notas, la agenda y cuartillas hechas a partir de papeles usados por una cara.

No se trata de negar la tecnología. Estamos ante una pantalla y gracias a un puñado de teclas nos comunicamos. Pero me gusta tener presente que se trata de herramientas y que, tal y como descubrió cierto Cimmerio, lo verdaderamente importante es la mano que las maneja. Teniendo eso en cuenta, la tinta y el fuego se me antojan similares; si alguna vez has tenido chimenea de leña o has encontrado abrigo en una tras un día de intenso frío, convendrás conmigo que no hay aire acondicionado ni calefacción centralizada que iguale la calidez viva y vibrante de la llama. Con la tinta pasa algo similar: al fijar el pensamiento en papel, en un código solo tuyo y el orden que realmente te dé la gana, no hay procesador mindfullness que lo iguale.

¿Por qué no haces la prueba? Cuando llegue la noche o un poco antes del alba, coge papel y un lápiz, bolígrafo, estilográfica o roller, uno que utilices tú, de esos que no viajan de mano en mano; pon música si quieres, luz suficiente para ver bien, manteniendo el círculo iluminado en ese rincón donde te sientas, y simplemente escribe algo dejando fluir, sin forzar, cuidando los trazos, de forma que te centres en la experiencia sin importar lo que sale; porque aquí no hay botón de publicar, aquí todo lo que pongas estará bien y, lo más importante, por absurdo que haya quedado podrás regresar a ello cuando te des cuenta de que sí valía la pena.

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