Jordi contreraS

Evoco contextoS

El tren

Dos sillas inclinadas, sombreros ligeramente ladeados hacia adelante y botas apuntalando la barandilla de un solitario porche.

En frente, dos líneas de acero incandescente bajo un implacable sol dividen la nada eterna de polvo amarillo y seco, arañado por hilos rígidos de verde y gris.

Uno escupe y observa cómo devora la arena el jugo. El otro sonríe con la mirada anclada en las vías.

—Hay que ver cómo corrimos…

Resopla el otro en respuesta y, tras quedarse unos segundos buscando el recuerdo, asiente divertido.

—Cómo venía aquella cabrona, chirriando como un demonio, el humo negro como carbón y los herrajes dando coces como caballos salvajes.

—Pensábamos que iban a saltar las piezas, con todos aquellos
vagones atrás, y la gente chillando.

Las miradas se mantienen fijas a un lado, en el infinito metálico penetrando el horizonte.

—Recuerdo cómo vinieron los Brim, los McCoy, los Bridge y los de la mina. ¡Maldita sea, no se ha juntado tanta gente aquí en la vida!

—¿Recuerdas cuando dieron el aviso?

—Al viejo le temblaban las manos. Pensábamos que se había liado con el amasijo ese de puntos y rayas.

—Un tren desbocado a punto de irse a pique por el desfiladero de Garret.

—¡Jajjajaj! Parecíamos indios, cabalgando a uno y otro lado de la máquina. Nadie hubiera apostado por nosotros.

-—El bueno de Ben tratando de echar el lazo a la chimenea para echarla abajo y el Sueco empecinado en dispararle a alguno de los tubos de la caldera.

—¡Maldita sea, había más gente ese día que cuando los Bridge encontraron agua y invitaron a whisky a todo el que quisiera! 

—Jajajajaja, ¡eh, pero lo conseguimos! Estuvo bien. Cuando aquella gente pisó suelo firme, a pocos pasos del desfiladero, habían vuelto a nacer.

—Si, la verdad que estuvo bien. Aunque no conseguimos nada…

—Jajajaja. Era de esperar, cuando vinieron los de la compañía poco más que las gracias y ya.

—Eso sí, montamos una buena fiesta.

—El whisky de los Bridge nunca supo mejor.

—Y ahora…

—Ahora, nada… al menos algunos se quedaron.

—Ya, pero ni pasa ya el tren, ni viene más gente.

—¿Sabes? A veces me pregunto si volveríamos a ser capaces de hacerlo.

—¿Capaces de qué?, ¿de juntarnos?

—Exacto, de volver a hacer algo así todos juntos.

Alza la vista buscando la posibilidad, chasquea la lengua y descerraja una sonrisa.

—Creo que sí. Lo hicimos una vez, sin tener obligación, así que todo indica que podríamos volver a hacerlo.

—Porque nos da la gana…

—Eso mismo, porque nos da la gana… Pero, sinceramente, espero que no sea hoy.

Ponen ambos brazos tras la cabeza y recuestan un poco más las sillas. Lejos de la sombra, baila el desierto sobre el brillo metálico y muerto de dos vías abandonadas que tiempo atrás trajeron vida a ese lugar.

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