Jordi contreraS

Evoco contextoS

Dave y Duncan

—Es fácil, vas por detrás y yo llamo a la puerta.

—¡Maldita sea! ¿Quieres hablar más bajo?

Ambas cabezas se ocultan tras la roca del terraplén. A un tiro de rifle se alza la pequeña casucha de maderas grises y goznes flojos asiendo la puerta. 

—Venga, que son los Thinner. Esto es pan comido.

—Escucha, no hay trabajo sencillo, ¿de acuerdo?

—Que sí, que tendré cuidado. Pero estos son solo un par de aficionados.

—A ver, atiende, una bala siempre es una bala.

—Yo soy más rápido…

—No vamos a disparar.

—¿Cómo que no vamos a disparar??

—Vamos a capturarlos, a ponerlos en una situación de la que solo puedan salir rindiéndose, ¿de acuerdo?

—El cartel decía vivo o  muerto.

—Los muertos se cobran de golpe y los pagas durante el resto de tu vida.

—Yo no tengo miedo; no sería el primer hombre que mato.

Desamartilla Duncan la réplica, toma algo de aire y responde.

—Mira, vamos a acercarnos sin armar jaleo, esperamos a que salgan y los enganchamos; nada de tiros. Y si no te gusta te vuelves con tu padre. La única bala que debe salir de tu revólver es la que vuele lejos de cualquier blanco.

—Vale, pero, ¿y si nos atacan?

—Si nos atacan es que algo hemos hecho mal. Entonces, solo entonces, teniendo en cuenta que es por tu vida, puede que ese muerto no lo cargues a la espalda; y aún así, más te valdría solo herirlo.

—Y yo te repito que podría cargarme a los dos a la vez.

—De acuerdo.

De una patada manda al joven Dave terraplén abajo. Alguna de las piedras que acompañan su caída toca la puerta de la cabaña. Sale el primer Thinner, flaco como su apodo, con el tiempo justo de ver a Dave, a lo lejos, levantarse de un respingo y desenfundar. Traga saliva el Thinner y tartamudea el índice. Suena primero la pólvora de Dave, casi por instinto, y aloja el plomo en el marco de la puerta, a cuatro dedos del rostro de Thinner. Responde este y hunde la bala en la arena. Braman las armas disparando a lo loco entre una nube de pólvora y la urgencia de mandar más plomo hacia el peligro del que puedan llegar. 

Cuando se disipa lo suficiente la negra niebla, Dave y el Thinner cargan balas saltarinas entre palmas temblorosas, mientras el segundo Thinner suelta su revólver a petición del arma de Duncan, que besa su sien.

—Está bien chicos, se acabó. Nos vamos.

Los Thinner alzan las manos y abandonan cualquier resistencia mientras son maniatados. Dave acierta entonces a colocar la última de las balas y desenfunda el ceño fruncido hacia el Duncan.

—¡¡Estás loco, podía haberme matado!! 

Una sonrisa arranca la réplica.

—Estabas demasiado lejos, con esas armas y las prisas por mandar cuanto más balas mejor, era de esperar que gastarais toda la munición antes de poneros a una distancia realmente peligrosa. Mientras, yo me acercaba por detrás… más o menos ese era tu plan, ¿no?

Entonces pasa Duncan cerca de la puerta delantera y se fija en el marco, donde sigue alojada la primera bala que disparó el joven Dave, demasiado cerca de donde se encontraba la cabeza del pequeño de los Thinner.

—Sabes… ese tiro en la puerta estuvo demasiado cerca… pensándolo mejor, no jugaremos más a esto.

Dave dibujó media sonrisa con orgullo y paladeó la respuesta.

—Lo mismo no sabe tanto como cree, Sr. Duncan.

Duncan da unos pasos más y alza la vista hacia el horizonte antes de rascar una respuesta.

—Puede que no, pero quizás para eso estás tú; para evitar que me duerma.

Escupe, sube a uno de los Thinner al caballo y monta. Da unos pasos y se gira.

—¡Vamos chico, que tengas algo  enseñarme no significa que no debas aprender!

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