Jordi contreraS

Evoco contextoS

Cementerios

Una práctica común en muchos grupos de juego es la de tener guardadas las fichas de los personajes fallecidos. A veces se guardan con anotaciones de la fecha, campaña, forma en que murió y alguna pepita de oro en forma de frase final. Se cuelgan en algún lugar especial o se guardan en una carpeta designada para tal efecto. Estos cementerios están para consultar y recordar.

Es un rito funerario muy curioso y digno de apreciar. La mayoría de las veces, al menos para quienes no disponían de un local para jugar, esos legajos los guardaba el Director de juego, Master, Narrador, Evocador o Guardián. Apenas fue mi caso; yo devolvía esos alter ego en 2D a sus legítimos dueños.

Hubo un tiempo en que los guardaba; pero pasado el tiempo prudencial en que los papeles se revelaran totalmente carentes de vida, incapaces de volver a la mesa de juego aunque fuera entre mis manos, encontraban el descanso final en las llamas de la chimenea; y alguno cayó estando aún vivo, pero eso fue más cosa de despiste, acompañado de la justa blasfemia de su dueño, que de ceremonial.

Lo curioso de todo es que pese a no guardar físicamente las fichas, pese a ofrendar el conjunto de números y anotaciones a las llamas, se mantenían sus gestas e historias en las charlas de grupo. Y como en toda tradición oral, caían algunos en el olvido reemplazados por otros más recientes, mientras se mantenían los más presentes en la memoria grupal.

Porque ahí, en esos cementerios, no descansa cualquiera.

En este sagrado espacio yacen quienes, de acuerdo al interés de los integrantes, se lo han ganado. Aquellos que llevaban tanto tiempo sobre mesa que habían dejado muesca. Los que murieron por una decisión estúpida, tan heróica, que valió la pena acabar en seco la historia. Esos que cayeron por un mal paso tan absurdo que merece la pena recordar. Los que se sacrificaron por el resto. Los que sucumbieron víctimas de un continuo suceder de pifias tan seguido que ni la doblez estadística de Pratchet podría predecir. Los que fenecieron al enfrentarse entre ellos, ante la incrédula mirada de un enemigo que, en ese mismo instante, dejaba de encontrar sentido a su existencia. Los que dejaron de latir en la gran batalla final. Los que fueron vendidos, vapuleados, y traicionados y pese a todo murieron con las botas puestas. Los que amasaron todo el poder que pudieron, a cualquier coste, y siguieron adelante a sabiendas de que lo único que les esperaba era un apoteósico final. Los que hicieron de su vida una búsqueda y en ella se sublimaron. Los que decidieron saciar la sed de venganza y entre tanta muerte encontraron la suya. Y aquellos a los que sus jugadores, honestamente, decidieron enviar al oeste y allí dejarles descansar.

 Porque, sea como sea, lo vivido queda.

Buen viaje y dulce recuerdo.

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