Jordi contreraS

Evoco contextoS

Steamdew

Bocanadas de humo negro saliendo de la chimenea, palas partiendo el agua bajo un sol que reluce en gotas y espuma. Los pasajeros: pamelas, vestidos, trajes y bombines, miran a una y otra orilla.

Poco a poco aparecen los espacios de colinas redondeadas, laderas escarpadas y monte ralo, sin caminos ni carreteras. Aquí y allá arañan las plantas y algún que otro pino la tierra caliente, viva y rojiza.

Las alas desplegadas de un águila proyectan su sombra sobre el territorio eterno, salvaje e inexplorado, y cierta sensación de vértigo hacia lo nuevo, lo que queda por explorar, amalgama en la mente de los presentes ecos de leyendas, realidades y de todo lo que se cuenta allá en el este.

El piloto aminora la marcha porque sabe que en este punto, cuando la única creación humana del entorno es ese trozo de tecnología flotante, es cuando el viajero enfrenta su sentido de supervivencia y comodidad a la atávica sed de aventura.

Lleva mucho tiempo pilotando, sabe cómo actuar: las caras de los pasajeros lo corroboran. Juega bien sus cartas, varía la velocidad para que cada curva lleve, además de la corriente, su carga de incertidumbre y curiosidad, y que, cuando se acelere, se aleje también la certeza de que todo va bien.

Le encanta su trabajo, las manos prietas en la borda y los rostros secuestrados en el curso del río y ambas orillas son la mejor recompensa. Los amagos de grito, cuando la corriente se acelera y se lleva la embarcación y la estremece, dibujan una sonrisa de satisfacción.

Solo que hoy hay algo que no toca. Algo que hace días no estaba y que invalida el guión. Un grupo de piedras, palos y hierbas cruza de lado a lado el cauce hasta el punto de que casi emerge a la superficie. Él sabe que eso no debía estar ahí, que no se forma en tan poco tiempo…

Y no importa que tire las palas atrás, que invoque a los 10000 demonios que moran en la caldera ni que intente variar el rumbo. Porque es una de esas corrientes que se aceleran y se llevan con ellas la certeza de que todo va bien… solo que esta vez su mente va con la del resto de pasajeros. Así que hace acopio de valor y reúne todo el aire que le es posible para atronar un: “¡Agárrense fuerte! ¡Vamos a chocar!”

Cae la chimenea, se quiebran las palas y el casco se abre para acoger las piedras. Apenas echa un vistazo para cerciorarse de que están a salvo y escudriña instintivamente el horizonte, sabiendo que algo llega y que si no se organizan, pronto estarán perdidos.

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