Jordi contreraS

Evoco contextoS

Forasteros

Gruñen los goznes de golpe y asoma un rostro cuadrado e iracundo, coronado por un sombrero domado en el camino. El silencio se adueña del saloon. En los tapetes verdes caen las cartas. Los rostros se miran. No es difícil imaginar qué piensan los otros: otro desgraciado más que viene a jugarse las entrañas a pólvora y plomo.

Todos los presentes piensan en Tom, Duncan y la pobre Mindy con unos cuantos kilos de menos y siete palas de más, obligados a dormir el sueño de los muertos. Hacía poco que habían reconstruido la torre del agua y Dave acababa de cambiar los cristales de la barbería por cuarta vez… Alguna deidad macabra de la probabilidad había decidido meter en la mollera de todos los pistoleros del territorio que Restland era el sitio idóneo para tener un duelo. Al principio fue algo aislado, pero la muerte llama a las agallas y estas van de la mano de la estupidez… no tardaron en llegar de todos sitios a ver quién era el más rápido… una suerte de selección natural que deja en este mundo al más cabrón de los cabrones…

Pero esta vez no lo iban a permitir; hoy era la última vez que uno de esos tipos traspasaba vivo el umbral del saloon.


Cabreado, cansado, muerto de sed y hambriento. 

El tren que tenía que tomar de vuelta hacia el este marchó antes de la hora indicada. No pudo más que escuchar el profundo siseo de la locomotora mientras terminaba sus quehaceres en la pequeña caseta que se mantenía, inteligentemente, alejada de la zona común.

Cambió su traje y el dinero que le quedaba por ropa gastada, una quincalla que no sabía disparar y un caballo que le robaron en el primer alto en el camino, obligándole a seguir andando por esas tierras que solo ofrecen el agua como espejismo.

Ahora mismo, cansado y perdido, destila una mueca de dolor para sacar las últimas fuerzas con las que cruzar el trozo de tierra maldita que le queda hasta lo que parece el único resquicio de civilización de la zona. No recuerda cruzar las calles ni subir las escaleras, tan solo se ve empujando con fuerza las puertas y adentrándose en la oscuridad con la exigencia interna del descanso y un buen trago.

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