Jordi contreraS

Evoco contextoS

Firebearer

El fuego tiene algo.

Acerca rostros, ilumina estómagos y llena charlas.

Ofrece reposo y comodidad a partir de la nada.

Anima el espíritu.

Es un oasis, un faro que llama a reunión, en torno al cual compartimos comida y bebida y quizás una buena historia.

Hablaba sin mirar a nadie, levantando su taza y plato metálico en agradecimiento.

Porque poco suena tan bien como el narrar cavernoso en lo más amplio y oscuro de la noche; ritmo seco, grave y leñoso de crepitar.

El fuego quema y transforma; muta y ceniza.

Convierte madera en ascua ardiente: en luz y remolino de chispas que conecta con otro mundo en el que olvidamos el frío y que mañana podamos ya no estar.

—Lo que te dije… un poeta… o es que está loco.

—Loco de atar… pero el cabrón me da ganas de dormir bien.

—¡Oye!, por mucha palabrería que te gastes, no estaría mal que tuvieras más a mano esa antigualla.

Sin apartar la atención del fuego, mira de reojo al viejo rifle con tachas de latón formando una estrella en la culata.

—Mientras quede una llama, nada me ha de pasar; ni a mí ni a vosotros. Si nada pasa, descansaré junto al fuego; si nos atacan, será él quien avise alzando sus llamas al cielo.

—Lo dicho… loco de atar.

—Quizás, pero todas las veces que se ha quedado él de guardia nada malo nos ha ocurrido. Llámalo casualidad, pero ni sheriffs ni indios ni forajidos… Y te aseguro que perseguirnos, lo que se dice perseguirnos, nos han perseguido.

Entonces, decidieron dormir: quedó todo en calma. Y descansó él, con los ojos abiertos: reflejo de fuego en sus pupilas, bailando hasta que llegó el alba.

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies